Dana Massiel

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Dana Massiel Laguna

Pasó a paso

 

Melina Zepeda se estremeció cuando el médico le dijo: “Necesitamos su firma, para hacer los exámenes y descartar la posibilidad de una meningitis”. Su hija, Dana Massiel Laguna, tenía apenas tres horas de nacida y ya había convulsionado una vez.

 

El parto, programado para fin de mes, se adelantó un poco, porque a Melina le hallaron edemas en el vientre. Pero nada la preparó para lo que se avecinaba.

 

Dana nació por cesárea el diez de febrero del 2011, hija de una ama de casa y de un obrero de la construcción, que ese día volvió a Chinandega desde Costa Rica, para estar presente cuando su pequeña viniera al mundo.

 

La niña pesaba diez libras y fue puesta en observación porque “estaba un poquito pasada de peso”, cuenta su madre. Tras la primera convulsión (fueron tres ese día), los doctores le extrajeron líquido de la columna vertebral, le hicieron mil exámenes y finalmente dieron con el diagnóstico: hidrocefalia ligera, que aparece cuando el líquido que protege al cerebro y a la médula espinal no se puede drenar adecuadamente y se va acumulando hasta crear un exceso dentro del cráneo.

 

Una doctora se acercó a Melina y le advirtió: “La niña va a tener un problema. Su cabecita es muy grande. Tiene que estimularla lo más que pueda”.

 

Pasó una semana. Dos. Un mes. Dos meses. Y Dana todavía no podía sostener su cabeza. Estaba “aguadita”. Tenía la vista fija y no se movía para nada. El tiempo siguió corriendo y la niña recibió fisioterapia. Pero nada. Ni una señal de movimiento. “Donde yo la ponía, ahí la encontraba”, recuerda su madre.

 

Así estaban las cosas cuando Melina se acordó de la Fundación Coen. Le habían hablado de ella cuando llevó a su hija a Los Pipitos. “Anda pasa consulta cuando la niña se te enferme de algo. El doctor te la va a transferir al programa”, le sugirió una señora.

 

Y así fue. Desde los nueve meses, la pequeña Dana, ahora de dos años de edad, recibe fisioterapia una vez a la semana y equinoterapia los martes y los viernes. “Lo que más le ha ayudado a que se sostenga es la equinoterapia. Cuando el caballo trota, ella se mueve. Y a ella le gusta andar a caballo”, cuenta Melina.

 

Está contenta porque paso a paso se acerca a su mayor sueño: que la niña camine. Y sonríe cuando la ve avanzar apoyando sus manitas en la pared. Dana ya está sobre el camino. Incluso puede incorporarse y mantenerse sentada. Es inquieta. Juega. Ríe.

 

Su padre se quedó en Nicaragua desde ese 10 de febrero. Trabaja en lo que salga, porque no tiene empleo fijo. Pero está con su familia. Y ahora se permiten soñar.

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