Javier Membreño

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Javier Membreño Maradiaga

“De capataz a gerente”

 

Javier Membreño Maradiaga, es un hombre que sueña alto. Siempre ha sido así. Hace siete años era capataz de una finca y hoy es gerente agrícola de una de las agropecuarias más grandes del mundo, la Agropecuaria San Jorge, una empresa de 23 mil hectáreas y unas 20 mil cabezas de ganado.

Bajo su responsabilidad está la parte técnica de la alimentación de las reses. Se trata de calcular cuántas toneladas de sorgo, heno, caña o pacas de maní son necesarias. Y definir el tamaño de las dosis según el tipo de comida. También debe saber manejar al ganado en confinamiento, cuando por mucho sol o por poca lluvia los terrenos de pastoreo se secan o se inundan.

No es una tarea fácil. Pero Javier empezó a prepararse para ella desde los años en que su padre, Armando Membreño, pequeño productor chinandegano, soñaba: “Mi hijo va a ser ingeniero agrónomo”. Y su madre, Isabel Mariadiaga, una “humilde costurera”, le echaba porras para que tomara una carrera universitaria.

Entró a la Universidad Cristiana Autónoma de Nicaragua (UCAN) en el 2002, año en que este centro de estudios abrió sus puertas en Chinandega. Tomó la carrera de Ingeniería en Ecología Agraria. Sin embargo, pronto sus padres empezaron a tener dificultades para pagar las mensualidades.

Es esa situación estaban, buscando el método para convertir tripas en corazón, cuando Javier supo que Fundación Coen estaba ofreciendo becas a jóvenes de escasos recursos con ganas de salir adelante, como él. Sucede si que para ese tiempo ya la Fundación había entregado las cien becas que disponía. Sin embargo, en ese semestre que no pudo ser beneficiado, solo veinte de los cien becados conservaron la beca, pues el promedio académico exigido era de 85 por ciento. “Yo tenía 92. En el segundo semestre de mi primer año aceleré mis gestiones y ya en el 2003 recibí una beca que consistía en mensualidad, la computación y papelería. Era completa”, cuenta.

Un par de años más tarde, perdió la beca durante un trimestre, por haber obtenido un promedio de 84.3 por ciento. Mientras se recuperaba de ese lapsus académico, listo para aprovechar la segunda oportunidad que la Fundación le concedió, pagó sus estudios con ayuda de un tío que le mandaba dinero desde los Estados Unidos. “La experiencia me sirvió para reflexionar. Volví al 92 y lo mantuve”, recuerda.

Poco antes de terminar la carrera, Javier consiguió trabajo como capataz de campo, en el 2006. Solo estuvo un año en ese puesto, porque pronto se enteró de la existencia de la Agropecuaria San Jorge. Llegó como responsable de pastos y cercas; luego fue ascendido a la posición en la que hoy está: gerente agrícola.

Como hombre casado, tiene casa propia. Pero no se conforma. “Yo aspiro a más. Mucho más”, declara.

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