Vladimir Alberto

Vladimir Alberto

Vladimir Alberto Berríos Márquez

El jinete de El Rosario

 

Sin campo no hay vida. No para Vladimir Berríos. Él nació para criar, montar y amar a los caballos, aunque le tocó comenzar con vacas lecheras, allí en el pedazo de tierra que su padre heredó de su abuelo.

Creció en La Concepción, Chinandega, como el menor de los cinco hijos de José Berríos y Martha Márquez. Mientras sus hermanos se casaban y volaban del nido, él ayudaba a sus padres en las labores del campo, el pastoreo y ordeño del reducido ganado de la familia. Con el tiempo hubo más vacas. Pero caballos de raza, ninguno. Y, por lo tanto, de ellos Vladimir muy poco sabía. Sin embargo, aun así se animó a solicitar empleo en el cortijo El Rosario, del Grupo Coen.

Comenzó a los 17 años, cuando a la finca llegó un grupo de trabajadores temporales que estarían ahí durante tres meses. Su responsabilidad estaba en las cuadras. Debía cuidar a los caballos del cortijo. Una gran tarea, si se piensa en que algunos tienen la fama de estar “entre los mejores del mundo”.

Cuando Vladimir se dio cuenta de que venía un “recorte” y todos los trabajadores temporales se iban, se guindó del cuello de su última oportunidad. Pidió a Fundación Coen que le diera una beca que le permitieran entrar a la escuela ecuestre de El Rosario, creada para que muchachos de pocos recursos económicos, como él, aspiren a ser más que chalanes y se conviertan en jinetes.

“Quiero aprender a montar”, dijo. Y en el cortijo le dieron el permiso de estar llegando a ver las prácticas de futuros jinetes, mientras iniciaba un nuevo curso. “Me fui acostumbrando a la rutina diaria. Cuando llegaron los demás alumnos hice la prueba y resulta que la pasé. Así pude ingresar a la escuela”, relata.

Tras un año de entrenamiento, en un alegre 19 de diciembre Vladimir y sus compañeros se graduaron. Solo dos meses más tarde, en febrero del 2009, a él le ofrecieron un puesto en la finca. Ahora tienen tres alumnos que, como él lo hizo un día, se están esforzando para ser jinetes.

Tiene bajo su cargo caballos de entrenamiento. Los cuida, los peina, los baña. Y disfruta cada una de sus tareas. “Me están pagando por hacer lo que me gusta”, ríe.

Ahora tiene 22 años, esposa y una bebé. Recogió dinero y en el 2011 se casó con Francis Margarita Ruiz, una joven de 23 años a quien conoció en una comunidad que está “adelantito” de La Concepción. La niña se llama Natalia. “Mi salario me da para mantener a mi familia”, dice Vladimir, orgulloso de sí mismo. Hasta no hace mucho, confiesa, vivía de lo poco que sus padres podían darle. Ahora está ahorrando para comprar su propia casa.

 

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